El curriculum del presidente

Expresarse con tacos denota un lenguaje pobre y poco elegante. Entre otras cosas, porque un cabrón, ¿es realmente un cabrón? O quizás, ¿sería más riguroso y preciso decir que es astuto, mala persona, y hasta quizás un hombre infiel? Las palabrotas no cumplen una función descriptiva y menos cuando sirven para insultar, ponga como se ponga el juez del Olmo.

Sin embargo, los tacos tienen una función importante en el lenguaje, sirven para expresar estados de ánimo: enfado, indignación, alegría y para cuando no tienes nada que decir. Las utilizamos incluso para economizar en el lenguaje. ¿Con cuantas palabras contaríamos cómo nos fue en un examen? Preferimos un, “de puta madre” o “de la hostia”. El asunto es que de tanto expresarnos con palabrotas, de tanto ahorrar, ya no decimos nada.

Yo soy militante de las palabras malsonantes…por mucho que les pese a mis padres. Eso sí, sigo tratando de reencauzar mi oratoria. Fijaos, mi histórico “de puta madre” dio paso hace dos años a “fenomenal”, “genial” o “estupendo”. A pesar de que todas estas palabras tengan ese tufillo a pijerío…

Pero, vamos, no nos engañemos. En el club de los tacos no estoy sola. Todos soltamos algún improperio de vez en cuando, sobre todo si estamos muy enfadados. No obstante, existe una línea muy fina que nos hace diferenciar el respeto del insulto, la sinceridad del engaño, la libertad de la opresión, la ética del cinismo o incluso el tipo “enrollado” del maleducado. Ese fino trazo también separa el ámbito privado del público. Y es en esa línea de marras donde tenemos que poner atención. Decir tacos en lo privado solo nos hace culpables de poco elegantes y denota ciertas carencias culturales. En lo público lo somos de un delito contra el honor. Y me preocupa este relajo en el respeto a las leyes, especialmente en el ámbito público.

Que un político utilice una palabrota de vez en cuando es un soplo de aire fresco en la encorsetada oratoria institucional. ¡Si parecen hasta humanos! Pero en política se juega en el terreno de lo público. Hasta cuando estás fuera de micrófonos y te pillan, la palabrota se convierte en una salida de tono, en menosprecio o insulto. Esperanza Aguirre dijo “hemos tenido la inmensa suerte de darle un puesto a IU quitándoselo al hijo puta”, refiriéndose quizá al consejero Fernando Serrano. Otra vez la Sra. Aguirre en “pero, ¿cómo puedes autorizar esa puta mierda?”. Alfonso Guerra es el famoso autor de “vamos a dejar España que no la va a conocer ni la madre que la parió”. Otro menos conocido como Pedro Castro, presidente de la Federación Española de Municipios y Provincias se preguntó “¿por qué hay tanto tonto de los cojones que todavía vota a la derecha?” José Bono en una actuación estelar por partida doble dijo, “hay mucha gente santa, algún malo (…) y los del partido propio que son unos hijos de puta” (refiriéndose a sus propios compañeros); y a Tony Blair le calificó de “gilipollas”.

Ahora que se busca presidente del Gobierno pienso en el talante de ZP, en la calma de Rajoy mientras los parlamentarios se lanzan improperios desde los escaños cual vampiros ávidos de sangre fresca. Creo que tanto José Luis como Mariano han hecho gala de mantenerse en la arena de lo público sin entrar en descalificaciones. O al menos, me parece que lo han intentado. Ahora que los candidatos rellenan a toda prisa su CV en Infojobs quizás deberíamos exigirles “nivel alto de buenas maneras”, “dominio en elegancia verbal”. Al fin y al cabo, no quiero que quien me represente hable tan mal como yo, joder.


Bonus track: La fundación humanitaria One, creada por Bono, cantante de U2, realizó esta campaña para denunciar la hambruna en África. A mi juicio, un gran video en el que se juega a despistar con el taco fuck y la palabra famine. La televisión británica tomó la decisión de prohibirlo por considerar que esta publicidad podría violar las normas relativas a la propaganda política. Pero esto ya es otra historia.

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Prohibido jugar a la pelota

“Prohibido jugar a la pelota”. Detesto esos carteles. De siempre. Hubo una época, en mi infancia, en la que de repente, se pusieron de moda en todos los barrios. Yo vengo de uno de esos barrios bilbaínos con muchos patios, exteriores, rodeados de paredes de hormigón, donde todo el mundo se conoce. Así que casi todos los recuerdos de mi infancia y adolescencia tienen como decorado un patio.

En el patio del colegio aprendí a jugar a baloncesto, a campo quemado, a patinar, a hacer una chocolatada por San Juan. En el de mi casa a jugar a la goma, a hacer trenzas, a andar en bici. Recuerdo que en verano hacíamos un rastrillo con cosas viejas y con ese dinero montábamos una merendola. También me acuerdo que una vez me hice pis en la cama después de que Javi el del 4ªA nos contara una historia de miedo que había leído en una revista. Estuve muchas veces en el patio del colegio de monjas cercano a mi casa. En ese nos colábamos saltando la valla para jugar a frontenis hasta que el bedel se enteraba y salíamos corriendo como proscritos. Era divertido.

Un poco más tarde, con dieciséis, descubrí otro patio. Este era algo distinto a los anteriores. Pasé algunos recreos del instituto y alguna que otra pira de COU. Los profesores, las clases, las relaciones, el amor, el desamor, el sexo eran los temas de unas adolescentes que jugábamos a ser mayores. Se llamaba Café El Patio. Estaba la lado de las escuelas. Recuerdo una mesa con un cenicero lleno de colillas, tazas con Colacao y paquetes de chucherías.

Hoy no se puede jugar en los patios de Bilbao. La ordenanza del espacio público aprobada en septiembre de 2010 regula en el capítulo VI la práctica de juegos en el espacio público. En concreto, “prohíbe en las vías, calles y plazas de uso público los juegos y diversiones que puedan representar una molestia o peligro para otras personas o para quienes las practican”. Según esta ordenanza solo se puede jugar en los lugares habilitados para ello.

“Prohibido jugar a la pelota”… Y dejamos de hacerlo, hicimos caso al cartel. Mi generación se calló y dejó de jugar. En ese instante, cada uno de nosotros, renunció a los patios, al uso del espacio público. Así que, ¿por qué nos extraña que la administración pública se apropie de la calle? A cambio, no nos ha ido tan mal. Ahora tenemos parques infantiles de diseño, columpios muy seguros y suelos de goma hechos de neumático reciclado.

Sin embargo, fíjate por dónde, a mi esto de que me digan dónde, cómo y cuándo tengo que jugar sigue sin compensarme. Que quiten las canastas del Parque de Doña Casilda porque hacen ruido sigue pareciéndome uno de esos carteles que tanto detesto.

He pensado que en estos días de 15M se vuelven a tomar las calles, que el barrio de Rekalde, entre otros, reivindica Kukutza, y que Patio Maravillas resiste. Y creo que en todos estos movimientos hay alguien que en su día estuvo en un patio, leyó el cartel, sonrió, se dio media vuelta y siguió jugando a la pelota.

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